septiembre 25, 2011

[Regreso...]


No quisiera uno a veces salir de los lugares por el miedo que da no querer regresar.

Y así pasa con las personas... algunas personas... no todas... no siempre... bueno... a mí ni me pasa.

Hace ocho meses ya, que decidí volver a este lugar, pero es cosa distinta decidir a querer. Por lo demás, suele uno querer las cosas importantes al propio tiempo que no las desea.


Hace meses que no quiero llorar y cuando me sucede quiero seguir hasta secarme el alma. "¿Te pasa algo?", preguntan de repente y recurro a la vieja coartada de siempre. Estoy loca, ¿no es cierto? Siempre será más fácil pretextar un problema de salud mental que decir la verdad de cuánto sientes. Peor aún si tampoco terminas de saber qué diablos sientes. Y es para averiguarlo que intentas escribir.

Si alguien quiere ofenderme, llámeme intelectual. El intelecto no es sino una herramienta, más ordinaria aún que una llave de tuercas. ¿O es que todo el mundo posee, sin excepción, una llave de tuercas? Desvarío, ya sé, pero ése es mi trabajo. Antes seguir de noche los pasos del instinto que olisquearle las patas al intelecto. Si el raciocinio me hace un ser humano, elijo prestigiarme por cuanto tengo de bestia peluda. Prefiero que me miren aullándole a la luna que presidiendo una mesa redonda, por más que, bien mirado, sea más fácil esto que aquello. Soy una bestia huraña, saco las uñas y enseño los dientes, pero muevo la cola cuando unos ojos francos me sonríen.

Creí, cuando empezaba a perpetrar estas líneas, que sería capaz de abundar en el tema del llanto, pero de pronto entiendo que es temprano para eso. Acabo de volver, no se trata de entrar en la cocina cuando no se ha pisado ni el jardín. Necesito recuperar el espacio que hace ya tantas leguas dejé atrás.


Luego de nueve meses de "facebookear" —ese acto leve, ingrávido, impulsivo, reconfortante a veces pero igual, de repente, desolado— he logrado habituarme a la inmediatez, como cuando en los años escolares conseguía entenderme con mis iguales mediante papelillos malandrines, no pocas veces llenos de versitos impúdicos que daban lo que fuera por parecer perversos. Qué delicia "facebookear", reparo en un instante, pero qué pena al fin hacerlo a costa de cierta dimensión abandonada. No se llora en el "Facebook", ni se aúlla casi. Y hay mañanas y tardes y noches de intimidad callada, cuando quiere uno aullar en algo más de
ciento cuarenta caracteres:

Auuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu

uuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu

uuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu

uuuuuuuuuuuuuuuuu

uuuuuuuuuuu

uuuuuuu

uuu

u.

Es de noche, a finales de agosto. Me había propuesto regresar al hotel y transcribir un trozo de la nueva novela. ¿O debería decir capturar? Me niego a usar ese verbo asqueroso, las palabras que importan no toleran vivir en cautiverio.


El punto es que en lugar de transcribir me dedico a escribir estas líneas sin pies ni cabeza sobre el block pequeñito del buró. Si, como algunos dicen, ya es un anacronismo trabajar en tu blog, habría que ver qué piensan de quien lo intenta con papel y tinta, para después tener que transcribirlo. Un derroche de tiempo, ¿no es así? Les recuerdo, no obstante, que soy un animal, y como tal el tiempo me tiene sin cuidado. Viviré el que me quede resuelto a derrocharlo en asuntos mejor emparentados con el olfato que con el cerumen.

Hace unos pocos días me reprendieron por escrito (disfruto los regaños, tal es mi perversión). No se lee
bien, me dijo una conocida de "facebook" amablemente, que use determinadas expresiones vulgares. ¿Y cómo iba a explicar a esa buena mujer que las palabras más queridas por mí son justamente aquéllas que rechinan y causan escozor? Palabras como aullidos, sílabas que te gruñen de sólo pronunciarlas, voces con vocación secreta de gargajo, relámpagos viscosos ordenados de forma que más parezcan una canción siniestra y entrañable: he ahí los materiales con los que todo artista aspira a trabajar. ¿O hay quizás un lenguaje más vivo y más candente que el de las putas y los presidiarios?

Hará también algunos cuantos días que un atento y querido argentino me invitó a regresar a este lugar, tras señalar que viene con frecuencia, por si acaso se topa con nuevas parrafadas. Y como he dicho ya, no sé cómo ignorar una sonrisa franca, unas palabras cálidas, una visita mágica, tal como los juguetes que me daba mi madre sin motivo especial, sin razón aparente, porque sí, ¿por qué no? Contradecir las órdenes más lógicas y atender a las súplicas menos fundamentadas es todo parte de un mismo capricho.


Y es que la libertad está hecha de caprichos: es por ellos que somos quienes somos. No escribe uno contento porque tenga que hacerlo, como porque se le hincha Su Real Gana: una razón idéntica a la que nos conmina a abrir un libro y devorarlo, o cerrarlo y dejarlo para siempre, igual que abandonamos las conversaciones que nos parecen torpes o aburridas o insulsas. Igual, también, que el ser idolatrado nos ignora, o traiciona, u olvida.

No he olvidado este sitio, por eso es que volví. Si alguien viene y se queda cuando menos un rato, haga de
cuenta que estas solas palabras son una chimenea recién prendida. Y ahora, con su permiso (mejor aún: sin él), es la hora de aullar.

Bienvenidos de vuelta a esta madriguera...

1 comentario:

Catherine dijo...

Hola, te descubrí hace un tiempo y.. me gustó tu blog, tus palabras algo tristes, desgarradoras.
Pero la verdad es que no había vuelto a pasar desde aquel primer vistazo que me hizo seguirte. Aún así, me alegro que hayas vuelto y prometo venir a menudo, aunque me cueste comentar...
Un beso.